Ronald Palomino, el poder negro del squash colombiano

Por primera vez en la historia, el squash será deporte olímpico. En Los Ángeles 2028, Colombia podría tener a un representante afrodescendiente que creció en un barrio popular de Cali, a un paso de los clubes exclusivos que no solían abrir sus puertas. Su nombre es Ronald Palomino, y su historia rompe paredes, literalmente.

Ronald Palomino dice que aprendió mirando, no escuchando. “Prefiero que me muestren cómo se hace algo, a que me lo expliquen con palabras”, cuenta mientras se hidrata después del entrenamiento en las canchas del Club Campestre de Cali.
Esa forma de aprender la heredó de su padre, Hernán Palomino, cocinero del Club Colombia. “Mi papá empezó desde abajo. Aprendió mirando a los chefs, sin estudiar. Yo también aprendí viendo, pero en la cancha”.

El talento, en su caso, no vino de academias privadas ni de instructores importados. Nació en Meléndez, un barrio popular del sur de Cali, cuna de obreros, músicos, maestras y deportistas invisibles.

Allí, frente al muro de una casa, tensó su primera red imaginaria para jugar tenis con raquetas prestadas. Allí también corrió descalzo, soñando con ser futbolista del Deportivo Cali. Hasta que el destino —y un entrenador con ojo clínico— le mostraron otro camino.

La primera raqueta

Delio Escobar, entrenador de tenis y squash, amigo de la familia y hermano de iglesia, lo vio jugar y lo llevó al Club Cañasgordas. Ronald tenía once años y no sabía nada del deporte. “Solo necesitaba ver dos partidos para entenderlo todo”, recuerda.

Su fuerza, su coordinación, su inteligencia corporal llamaron la atención. Pero lo que más impresionó a su entrenador fue su capacidad de resistir, de reinventarse cuando perdía. Esa resiliencia, esa terquedad bonita, tiene raíces profundas: viene de una historia colectiva, la de un pueblo afrodescendiente que ha tenido que aprender a resistir en cada cancha, en cada espacio donde no se esperaba verlo brillar.

Del barrio al club

Un sábado cualquiera, Delio lo llevó al Club Campestre, ese territorio de árboles altos, silencio y privilegio que Ronald había visto toda su infancia desde el otro lado de la reja.
Cuando entró, pensó que estaba en otro mundo. “Nunca había visto algo tan bonito”, recuerda.
Jugó con un socio, José Zambrano, quien quedó maravillado con su juego. Desde entonces, Ronald entrenó allí todos los días, gracias a la Fundación Club Campestre, que lo acogió como uno de sus becarios.

“Al principio yo jugaba con él por buena gente”, cuenta Zambrano desde Estados Unidos. “Después él jugaba conmigo por buena gente. Hasta que empezó a ganarme siempre”.

Era un cambio simbólico: el niño que creció mirando desde fuera, ahora era parte de ese espacio.
Un afrocolombiano abriéndose paso con su talento en un deporte históricamente reservado para las élites.
Esa imagen —la de Ronald devolviendo la pelota con una precisión feroz, las piernas firmes, la mirada arriba— condensa toda una metáfora de ascenso social y dignidad.

El salto a Egipto

A los 15 años, la Federación Colombiana de Squash lo envió a Egipto, cuna mundial del deporte.
No hablaba inglés, se comunicaba con gestos. Entrenaba cuatro veces al día, bajo el sol del desierto.
“Era como estar en la milicia”, dice. “Todo el día viendo squash. Volví con otra mentalidad”.

En ese viaje se forjó su carácter profesional. Y también su identidad como deportista afrocolombiano: el cuerpo como herramienta de expresión, disciplina y resistencia.
El muchacho de Meléndez había llegado al lugar donde entrenan los mejores del mundo, sin apellidos ni padrinos, solo con talento y temple.

Orgullo de raíz

Hoy, Ronald Palomino es número 69 del ranking mundial, doble campeón panamericano y una de las principales cartas de Colombia para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
Tiene 26 años y ha jugado en los cinco continentes. Pero cuando habla de su historia, siempre vuelve a su gente, a los suyos.
“Quiero que en Cali haya canchas públicas de squash. Que los niños de cualquier barrio puedan jugar. En la ciudad hay talento, pero las canchas están solo en los clubes. Eso tiene que cambiar”.

Su sueño no es solo olímpico. Es también social y cultural: abrir las puertas del deporte a quienes, como él, crecieron con el cuerpo lleno de energía y el alma llena de sueños, pero sin acceso a los escenarios.

Más que un atleta

Ronald no ha retomado los estudios, aunque la Fundación que lo apoya insiste en que lo haga. “El estudio no es lo mío… por ahora”, dice con una sonrisa.
Pero quienes lo conocen saben que su verdadera escuela ha sido la vida.
“Es un ejemplo para los jóvenes afro de Cali”, dice Juliana Maya, directora de la Fundación Club Campestre. “Demuestra que el talento negro no necesita pedir permiso, solo oportunidades”.

Su ídolo es Rafael Nadal, y su lema es no tener un plan B. “Solo pienso en ser el número uno”, afirma.

Lo que no dice —pero se siente en su manera de moverse, en el ritmo con que camina— es que ya lo es: un número uno en orgullo, en humildad y en inspiración.

Epílogo: romper paredes

El squash se juega golpeando una pelota contra la pared. Ronald Palomino ha hecho de esa acción una metáfora de vida: cada golpe suyo parece romper no solo la pared del frente, sino muchas otras —las del prejuicio, la exclusión, el silencio—.
Su historia es la de un joven afro que descubrió en el eco de una pelota contra el muro la posibilidad de cambiar su destino.

Y quizá, dentro de tres años, cuando suene el nombre de Colombia en los Juegos Olímpicos, el eco llegue también hasta las calles de Meléndez.

Allí donde todo comenzó.

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