Juan José Nieto Gil fue el primer y único mandatario negro en la historia de Colombia, gobernando el país sólo por 6 meses, entre el 25 de enero y el 18 de julio de 1861 en la convulsa transición de la Confederación Granadina. A las puertas de la próxima investidura presidencial del 7 de agosto en la que Abelardo de la Espriella asumirá el mando nacional en Cali, la memoria de Nieto Gil resurge no solo como una lección de historia, sino como un símbolo urgente de justicia étnica y representación del poder.
Fue apenas el pasado 31 de julio, en un acto cargado de simbolismo, que la vicepresidenta saliente Francia Márquez restituyó a la Casa de Nariño el recuperado retrato al óleo del prócer afrodescendiente tras hallarlo almacenado en un sótano. Este rescate encaja de forma directa en el debate contemporáneo sobre qué rostros son legitimados en las altas esferas de la política institucional en vísperas del relevo de poder.
Pese a sus méritos, su figura fue sometida a un riguroso proceso racista. Tras su muerte en 1866, su retrato oficial fue enviado a París por orden de las élites cartageneras, solo para alterar sus rasgos físicos y aclarar el tono de su piel, tratando de ocultar su herencia afrodescendiente. Cuenta la historia que la pieza original fue relegada a las mazmorras del Palacio de la Inquisición en Cartagena.
La coyuntura marca un hito sin precedentes: la investidura presidencial saldrá de la tradicional Plaza de Bolívar de Bogotá para efectuarse en el Valle del Cauca. Este desplazamiento del eje del poder central hacia el Pacífico colombiano activa un diálogo inevitable con el legado caribeño de Nieto Gil.
La reinstalación de su óleo junto al del expresidente de origen indígena José María Melo constituye un recordatorio de que el ejercicio de la máxima magistratura en Colombia no ha sido históricamente homogéneo. Mientras el Congreso de la República y las delegaciones internacionales preparan el traspaso de mando a Abelardo de la Espriella, la mirada restaurada de Juan José Nieto Gil vigila desde el Palacio. Su presencia física final en los pasillos gubernamentales rompe con un siglo y medio de blanqueamiento institucional.

